Fuente: http://www.fotosguapas.net
Cuentan que había una vez un viejo ermitaño que vivía felizmente en el interior
de una cueva sin más pertenencias que una túnica sucia y una escudilla. Era
venerado por algunos debido a su sencillez y sabiduría, y despreciado por otros
por loco y menesteroso.
Un día llegó hasta él un hombre procedente de lejanas tierras que afirmaba
haber invertido toda su vida en una infructuosa búsqueda de la felicidad. Había
acumulado riquezas, experimentado los más exquisitos placeres, recorrido el
mundo por tierra y por mar, conocido a maestros, gurús, curanderos y
charlatanes, practicado toda clase de técnicas ancestrales y probado las más
variadas pócimas y brebajes. En un último y desesperado intento, había donado
todas sus posesiones a los más necesitados, y a pesar de todo ello, nunca halló
la ansiada felicidad. Viejo y abatido, esperaba ya, con resignación, la visita
de la dama oscura cuando alguien le habló del ermitaño feliz. El insaciable
buscador pensó que le daba igual morir sentado que caminando, así que paso a
paso, jornada tras jornada, invirtió las pocas fuerzas que aún le quedaban en
arribar a aquella cueva en la que, supuestamente, moraba un hombre feliz.
El ermitaño escuchó con interés la historia que le contó el extranjero y sin
perder la sonrisa, sentenció:
—Aún no has acallado todos tus apegos.
—¿Mis apegos? ¿Acaso no has escuchado mi historia? —se dolió el hombre—. Me he
desprendido de todo lo que poseía. ¿Qué más puedo hacer?
—Verás, hace mucho tiempo, cuando yo era joven, abordé a mi maestro para que me
explicara qué era lo que producía la felicidad, cuál era su causa. Él me
respondió con una pregunta: ¿Tiene causa el silencio?
Tras decir esto se quedó callado. El extranjero comprendió que el ermitaño le
estaba invitando a averiguar la respuesta por sí mismo. Pensó durante largo
rato hasta que por fin…
—No hay nada que cause el silencio, —dijo—, siempre está ahí, accesible en
cuanto las causas del ruido cesan.
—¡Exacto! —Gritó el ermitaño—. Y ahora dime, ¿qué es eso a lo que estás tan
apegado, que su ruido no te deja escuchar la felicidad que mora en ti?
Cuentan que cuando la muerte llegó a aquella lejana cueva, perdió el rastro del
abnegado buscador al que trataba de dar alcance. Allí se topó con dos hombres
sonrientes que contemplaban en silencio la puesta de sol, pero ninguno de ellos
estaba buscando absolutamente nada.
Para qué buscar??
ResponderEliminarY por qué nos gustan tanto estas historias de ermitaños y escudillas??
Ha valido la pena esperar. Lo que leo yo es que es tan sencillo como decidir ser feliz. No tiene más motivación que sentir felicidad por sí misma, sin ser causa de algo externo o cercano. ¿Puede uno apegarse a la búsqueda?
ResponderEliminarUn texto que invita a la reflexión Pedro. Gracias.
ResponderEliminarBesos desde el aire
Efectivamente, el silencio está siempre, incluso en mitad del barullo. La felicidad también, solo hay que pararse a sentirla.
ResponderEliminarAbrazos
Me gustó tu entrada.
ResponderEliminarBesos.
Me ha encantado este relato con aroma a cuento de siempre.
ResponderEliminar!ERES UNA MÁQUINA!(Una de las más humanas que he conocido, y he conocido unas cuantas ¿eh?).
ResponderEliminarDespués de leer tu relato sólo me queda una cosa por hacer:
Contemplar y ... !Callar-me!.
Gracias y continúa en la brecha.
Santi.
Nos afanamos en la busqueda y todo lo que queremos está ahí, cerca.
ResponderEliminarMe ha gustado leer en tu casa de nuevo.
Besitos
Comparto con algunos de vosotros ver la búsqueda como un apego más de tantos.
ResponderEliminarEs la mente la que busca, cuando es el corazón el que detecta y encuentra aquello que nos hace sentir quien somos.
Besos de cuento real, Pedro.
¡Qué bueno, Pedro! Me alegro mucho de que vuelvas a estar en el aire, y veo que has vuelto cargadito de ideas. Al buscador ese de la felicidad creo que lo conozco. En cuanto al Diógenes, ¡qué sabiduría la suya...! Sólo una cosa, ¿por qué no lava la túnica? No parece que la suciedad sea un aliño imprescindible del conocimiento.(no todos los comentarios tienen por qué ser siempre profundos, ¿no?)
ResponderEliminarQué bello, no cualquiera escribe -bien hecho- un cuento con profunda moraleja. ¡Saludos!
ResponderEliminarNi siquiera el silencio es garante de la felicidad que no haya sido ganada a pulso.
ResponderEliminar[ lo sabe muy bien mi buen hermano, uno de ellos, ermitaño silente por la gracia de...]
Perfecta la moraleja para alzarse dueño de la felicidad.
Un abrazo
AQUI ESTOY... NO LLEVO TECLAS ESPANOLAS ASI Q ME IRàS A PERDONAR SI NO LLEVO ENE Y SIMILARES!!! :)
ResponderEliminarpues... he emplezado a leer tus cuentos... y waaaa!!!
son como eres tu: simples y verdaderos. :)
me gustan!!! :)
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