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viernes, 23 de septiembre de 2011

OTRAS HISTORIAS: Las falsas limitaciones


            Siempre he sentido una profunda admiración por aquellas personas que han sido capaces de conquistar el éxito superando cuanta dificultad se haya presentado en su camino. Algunas de esas dificultades pudieron aparecer al comienzo de sus vidas, en forma de enfermedades congénitas, de familias desestructuradas, de miseria o de abusos. Otras veces, los obstáculos aparecieron más adelante, en un accidente, mediante una pérdida o provocados por la exclusión social.

           Considero que sólo el que se siente libre de ser y de hacer todo aquello que se proponga, está en camino de conquistar una vida feliz y exitosa. Hay quien piensa que la clave está en el esfuerzo, a pesar de que se cuentan por millones los proyectos vitales que se quedan por el camino tras una denodada y sacrificada existencia. Otros prefieren creer en la suerte, retratando un mundo donde la diosa Fortuna elige caprichosamente a los triunfadores, condenando al fracaso a todos los demás desafortunados. Los neoliberales, y otros darwinistas trasnochados, siguen apoyándose en la ley de la selva para concluir que sólo el más fuerte conquista sus metas. Y por último están los que, quizás por envidia, opinan que todo logro conseguido por el prójimo no es más que la consecuencia de un buen enchufe o de unas malas artes. Para mí el éxito es una combinación de libertad y de felicidad. 

            La libertad es un derecho inalienable del ser humano. Tanto es así que, en el ejercicio de nuestra libertad, podemos decidir encerrarnos en cuantas limitaciones deseemos. Los límites del ser humano, como ya expliqué en un artículo anterior, no están impuestos por nuestra herencia genética, ni por nuestras carencias físicas, psíquicas o emocionales, ni por el gobierno, ni por la religión, ni por la ciencia, ni por las leyes. Nuestros límites son nuestras propias creencias, que a su vez están basadas en las opiniones que los demás (historia, cultura, familia, amigos…) tienen acerca de nosotros. Nadie puede decirnos lo que somos capaces de hacer. En cambio nosotros, sí que podemos limitar nuestro potencial para estar a la altura de las expectativas del exterior. 

            Hoy quiero presentaros a dos personas. Dos de esas personas por las que he declarado una profunda admiración. Porque demuestran ser libres para ser y hacer todo lo que se proponen. Porque sus rostros reflejan la felicidad del verdadero éxito. Se llaman Albert Casals y Nick Vijicic. Sus vidas ejemplares nos demuestran, desafiando las opiniones ajenas, que no es la realidad la que limita nuestras capacidades, sino la percepción distorsionada que tenemos de ella.

            Feliz fin de semana.







viernes, 16 de septiembre de 2011

OTRAS HISTORIAS: El mito genético


            Si hay alguna creencia limitante acerca de las capacidades físicas y psicológicas del ser humano que se haya impuesto sobre las demás a lo largo de las últimas décadas, esa es sin duda la de la herencia genética. Desde su perspectiva, nuestro organismo está a merced de unos genes que parecen condicionar totalmente aquello que somos y, lo que es más frustrante, aquello que podemos llegar a ser, condenándonos a ser víctimas de ese inamovible determinismo genético. Habrá quien saque provecho de esta asunción, para atribuir al legado biológico de sus antepasados desde la falta de sensibilidad artística hasta la torpeza en actividades deportivas, pasando, por supuesto, por un variado catálogo de enfermedades. La mayoría, sin embargo, consideramos que la herencia genética, al igual que las herencias patrimoniales, a veces conllevan deudas asociadas con las que no queremos lidiar.

            Uno de los nuevos campos de la biología con mayor proyección es el de la epigenética, o lo que es lo mismo, la rama que investiga la biología por encima, o más allá, de la genética. Los hallazgos en este campo son asombrosos y tiran por tierra muchos de los supuestos, aceptados durante años, de la visión determinista de la genética. Al igual que Newton enunció las leyes físicas que se suponía regían a toda la materia (y que la física cuántica demostró que no eran válidas a nivel subatómico), la genética ha establecido una especie de ley por la cual todo organismo, desde las amebas hasta el ser humano, está supeditado a la información contenida en sus genes sin que pueda hacer nada para evitarlo de forma natural. La epigenética ha venido a demostrar que el factor decisivo que influye en el desarrollo celular no es el gen, sino el medio ambiente en el que el organismo se desenvuelve, y que esa influencia es la que determina si un gen se manifiesta o no y de qué manera lo hace. 

            La forma en la que el ambiente y el organismo interactúan ha sido muy bien definida en el concepto de autorregulación organísmica u homeostasis, y que se resume como la tendencia de todo organismo a buscar el equilibrio cada vez que el entorno en el que se encuentra varía. Para que esta autorregulación pueda darse tiene que haber un proceso de recogida de datos del exterior, una interpretación de los mismos y la elaboración posterior de la respuesta más adecuada para el restablecimiento del equilibrio de ese binomio organismo-entorno. La epigenética ha descubierto que esa respuesta condiciona la actividad de los genes, que no serían más que patrones de base, capaces de manifestarse en 30.000 variaciones diferentes.

            Esto lo cambia todo, por las implicaciones que tiene cuando lo extrapolamos al conjunto de nuestro cuerpo, que no deja de ser un conjunto de 50 billones de células que a su vez se agrupan en comunidades especializadas. Es el entorno en el que nos desarrollamos, o más exactamente, la percepción del mismo, lo que condiciona realmente lo que somos o podremos llegar a ser como individuos. No somos víctimas de nuestros genes, sino los directores de orquesta que deciden cuando y de qué manera interviene cada uno de esos genes para lograr un continuo equilibrio con el medio en el que vivimos. 

            Sabemos que el objetivo primario de todo organismo es sobrevivir, pero el objetivo último es crecer, desarrollarse y evolucionar. Hay dos caminos para sobrevivir: El primero es protegerse de cualquier amenaza que pueda proceder del entorno a través de un proceso de blindaje, lo cual impide el intercambio natural de información entre el exterior y el interior, dejando al organismo totalmente aislado. El segundo camino es, como hemos visto, interactuar con el entorno para buscar el mejor modo de adaptarse a él, llegando incluso a colaborar con otros organismos para dar una respuesta más optimizada. Solamente uno de los dos caminos posibilita el crecimiento, el segundo de ellos.

            Y tú, ¿creces o te proteges?


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            Hoy os presento al Dr. Bruce Lipton, un experto en biología celular que tras dejar atrás sus etapas de investigador y docente, se dedica a la divulgación de sus propios descubrimientos acerca del papel predominante que desempeña la membrana de la célula, a la que considera el verdadero cerebro de la misma, frente al sobrevalorado núcleo. Estoy leyendo uno de sus libros, “La biología de la creencia”, y no deja de asombrarme capítulo a capítulo. Una de sus afirmaciones más sorprendentes, sobre todo para aquellos que no contemplen la realidad energética del cuerpo humano, es que la membrana celular no sólo responde a estímulos químicos, sino también a estímulos energéticos, como las microondas, los campos electromagnéticos, o… los pensamientos. Desde su postura, la losa de la herencia genética, es decir, las enfermedades asociadas a ella, se activa por la creencia firme del individuo de que así va a ser. Es lo que se conoce como efecto nocebo

            No sé vosotros, pero yo creo que merece la pena que no dejemos de cuestionarnos nuestras creencias y que tratemos de percibir el mundo del modo más amable posible. Nuestro organismo lo agradecerá.

            Feliz fin de semana.





viernes, 9 de septiembre de 2011

OTRAS HISTORIAS: ¿Jugamos?


            Cada mañana, al levantarnos de la cama, un nuevo día nos está esperando, cargado de nuevas experiencias, oportunidades, descubrimientos, placeres y otra innumerable lista de novedades. El amanecer es como un árbol dispuesto a regalarnos sus frutos maduros. Frutos que, sumidos en la rutina de lo cotidiano, dejamos pudrir en el suelo.

            Hubo un tiempo en el que éramos conscientes de esta inagotable fuente de ilusión y nos levantábamos de la cama de un salto para empezar a degustar con avidez las delicias que el día nos deparaba. Sabíamos exprimir el potencial de disfrute que se hallaba envuelto, como un caramelo, en cada instante de nuestra vida. Entonces éramos niños, y claro, no sabíamos nada, todo era un juego para nosotros, pero un día, a la fuerza ahorcan, tuvimos que madurar.

            En algunas culturas, el paso de la infancia a la madurez, marcado por ceremonias y rituales, implica pagar un precio, que en algunos casos supone, a esos niños-hombre y a esas niñas-mujer, pasar por experiencias traumáticas en su tránsito hacia la comunidad adulta. En nuestra cultura, aunque tenemos más suerte, también pagamos un precio para ser considerados adultos. Dejamos de contemplar la vida como un juego, y empezamos a verla con la seriedad que se espera de una persona de provecho.

            Los adultos que deciden no seguir pagando el precio y quitarle gravedad a la vida, no siempre son comprendidos por el resto de sacrificados ciudadanos que aceptan con resignación que el disfrute y la responsabilidad son como el agua y el aceite, no se pueden mezclar. Para disfrutar ya están los fines de semana, las vacaciones y la jubilación. En esos acotados periodos de tiempo se nos permite bajar la guardia sin ser considerados bichos raros. No es de extrañar entonces la cantidad de gente que de forma cansina nos repite cada día aquello de “ya falta menos”, haciendo referencia al próximo fin de semana, como si hasta entonces la vida careciera de sentido. Estoy convencido de que, tristemente, para muchos así es.

            El nuevo día que contemplamos cada mañana, al levantarnos de la cama, no ha dejado de estar cargado de oportunidades, listas para que las aprovechemos. Lo que ha ocurrido es que ya no las vemos porque, de forma automática, hemos fijado nuestra mirada en todas esas cosas serias e importantes a las que se supone que tenemos que prestar atención como adultos que somos. La rutina fagocita nuestros verdaderos sueños mientras nos dejamos engañar con sucedáneos demasiado caros, o demasiado breves, o demasiado distantes en el tiempo. Vivir la vida como un juego nos permite disfrutar aquí y ahora de las experiencias que se nos presentan, recuperar la expectante ilusión infantil por todo lo bueno que está por llegar, y descubrir de nuevo las infinitas cosas impresionantes que acontecen en nuestras vidas cada día.

            Hoy os dejo con Neil Pasricha, un joven bloguero que cada día recibe más de 40.000 visitas en su bitácora y que ha ganado el premio Webby (el Oscar de internet) al mejor blog del mundo. Cuando su vida se desmoronaba dramáticamente, tomó la decisión de seguir adelante con una actitud positiva,  centrando su atención en todas las cosas maravillosas que le acontecían y manteniendo siempre su autenticidad. Como resultado de su empeño creó el blog “1000 Awesome Things” (1000 Cosas Impresionantes) donde cada día publica uno de esos placeres cotidianos que la vida nos regala, como cantar en el coche a la vuelta de un concierto, que el ascensor abra sus puertas cuando te dispones a pulsar el botón, o el frescor del otro lado de la almohada.

¿Cuál es la pequeña cosa impresionante de la que has disfrutado últimamente?

Feliz fin de semana.


viernes, 2 de septiembre de 2011

OTRAS HISTORIAS: Mundo zapping

     
            Diariamente nos exponemos a miles de datos que conforman, de un modo u otro, nuestra particular visión de la realidad. Muchos de esos datos los recibimos cuando nos sentamos frente al televisor para convertirnos en receptores pasivos de todo tipo de información. La mayor parte de ella no responde a nuestro interés, sino al interés de un tercero. El ejemplo más evidente es la publicidad, pero no es de este tipo de información de la que quiero hablar hoy.

            Reconozco que yo, hasta hace aproximadamente cuatro meses, era un adicto a las noticias. Desayunaba con Noticias 24 Horas, de camino al trabajo escuchaba los partes informativos de al menos dos emisoras diferentes, tratando (¡qué ingenuo!) de forjar un criterio propio. En el almuerzo caía un vistazo rápido al periódico provincial y al finalizar la jornada, repetía el ritual de radio en el coche y televisión en la comida y en la cena. Llegue a creer que estar informado era un deber más que un derecho, porque la información me convertía en alguien adaptado al mundo en el que vivía, y lo que es más irónico, me protegía de la manipulación. 

           Empecé a despertar del ensueño informativo en el que me había sumergido cuando observé que cíclicamente se producían, de forma fortuita, oleadas de perros que mordían a personas, niños desaparecidos, redes de trata de blancas, epidemias de gripe (A, porcina, aviar o de cualquier otro tipo), violencia en las aulas, “balconing” en los hoteles del Levante, y un largo etcétera de noticias que se mantenían en pantalla, como si de teleseries se tratara, durante días, semanas e incluso meses, dependiendo, por supuesto, de los índices de audiencia cosechados. Y doy por hecho que todo eso estaba ocurriendo,…bueno, todo menos lo de la gripe A, que me sigue pareciendo la mejor campaña publicitaria de una empresa farmacéutica que haya visto nunca. La manipulación no se da tanto a través de la mentira, que también, como a través de la omisión. Es decir, en los noticiarios, los periódicos y las radios no nos informan del mundo, sino de una parte muy limitada del mismo, aquella en la que, vaya usted a saber por qué, quieren insistentemente que nos fijemos.

            El mundo que nos muestra la televisión es un lugar amenazante, lleno de personas que quieren hacernos daño, especialmente si son extranjeros. Un mundo sembrado de miseria, desempleo, enfermedad, catástrofes naturales, conflictos armados, abusos de poder (sólo en países tercermundistas), crisis financiera, crisis energética, crisis de valores. Vamos, un mundo en crisis.

            Hace cuatro meses decidí desintoxicarme. Apagué el televisor, aproveché los trayectos al trabajo para escuchar música, y en lugar de periódicos, en los almuerzos decidí leer revistas de divulgación científica. No me aislé del mundo, al contrario, empecé a entrar en contacto con él. Y sabéis qué, descubrí que el mundo en el que vivo, el real, es un sitio agradable, no existen amenazas aparentes, la gente pasea y conversa con naturalidad, no hay ni rastro de crispación, ni de indignación, ni tan siquiera de preocupación. Da la sensación de que todo el mundo trata de salir adelante como puede y de disfrutar de cada día sin complicarse demasiado la vida. 

            Habrá quien opine que vivo en los mundos de Yupi y que estoy dando la espalda a los problemas del mundo. Pues bien, vivo en el mundo de Pedro, un mundo en el que he decidido de forma consciente, a qué le presto mi atención y a qué no. Y lo cierto es que soy más feliz que cuando vivía en ese mundo en el que otro decidía por mí lo que me convenía saber. Lejos de dar la espalda a los problemas del mundo, creo que estoy más abierto a las personas que me rodean que son, a fin de cuentas, a las que puedo ayudar de verdad. Con mi preocupación, mi angustia, mi tristeza y mi desazón no he ayudado, a lo largo de los años, ni a una sola persona más de las que estoy ayudando con mi alegría, mi optimismo y mis ganas de disfrutar de la vida. 

            Todos contamos con una especie de mando natural que nos permite cambiar de canal cuando la programación del mundo que estamos viendo nos desagrada. Se trata de prestar atención a aquello que sí nos gusta. Es tan parcial una visión como la otra, pero esta última, te hace sentir mejor.

            Os dejo un video que os dará que pensar. 

            Feliz fin de semana.



viernes, 26 de agosto de 2011

OTRAS HISTORIAS: Educar para ser (II)

            
            Que nuestro sistema educativo, diseñado como un modelo de producción, fruto de la revolución industrial, se ha quedado obsoleto, es algo que ya mencioné al hablar de Ken Robinson en un artículo anterior. La escuela ya no cumple el objetivo original de preparar a los alumnos para un mejor posicionamiento en el mundo laboral. Hace décadas que la correspondencia entre el nivel de estudios y la categoría del puesto de trabajo se ha ido diluyendo hasta, prácticamente, desaparecer. Las materias ya no se ajustan a las necesidades formativas de los centros de trabajo, por lo que la mayoría de las empresas cuentan con programas de formación dedicados a  la cualificación específica de sus trabajadores. La metodología es otro de los escoyos con los que se encuentran los jóvenes del siglo XXI. En esta era de la información, seguimos reteniendo, durante al menos cinco horas diarias, a nuestros alumnos, sentándolos en un pupitre para introducir en sus cerebros millones de datos, a los que podrían acceder con un solo clic si despertásemos en ellos el interés de hacerlo. Después de todo, es lo que hacen durante las once horas restantes de vigilia a través de sus teléfonos móviles, tablets, portátiles y PCs. Con tantos estímulos atractivos a través de una pantalla, ¿por qué iban a interesarse por esas materias aburridas en las que no encuentran apenas relación con el mundo en el que viven a diario? Por todo ello, el sistema de calificaciones no puede medir ni la inteligencia, ni las capacidades de un alumno. Lo que mide es su grado de adaptación a un marco educativo que es ajeno a sus inquietudes, a su inteligencia innata y a sus múltiples capacidades. Es decir, mide su adaptación a una educación enajenante.

            Aunque en las últimas décadas hemos sido testigos de varias reformas educativas, todas ellas cometen los mismos errores de fondo que acabo de mencionar, por lo que la situación no mejora demasiado. Las reformas más significativas se llevan dando, desde principios del Siglo XX, al margen del sistema educativo oficial, en instituciones privadas con métodos pedagógicos tan diversos como los de Montessori, Escuelas Waldorf, Escuela Democrática, Home-Schooling, etc… Es mucho el desconocimiento que se tiene acerca de estas escuelas alternativas en las que el alumno, la persona, es el centro en torno al cual gira todo lo demás. La imposición de ideas cede terreno al conocimiento a través de la experiencia vivencial, se potencian los vínculos emocionales en lugar de la competencia, la educación consciente prima sobre cualquier cumplimiento de plazos u otras limitaciones propias de estructuras rígidas.

            De esta educación alternativa es de la que nos quiere hablar el documental “LA EDUCACIÓN PROHIBIDA”, un proyecto que lleva en marcha desde el 2009 y que, si todo va bien, se estrenará a lo largo de este año. Entre los objetivos de este trabajo están  el descubrir diferentes propuestas educativas, tanto en Sudamérica como en España, que fomentan un cambio de conciencia en cuanto a las formas de educar, así como “Promover el desarrollo de una educación integral del ser humano, que respete los procesos de desarrollo de las personas y se centre en el niño.”

            La implicación del equipo que trabaja en esta película con el proyecto es tal, que han tratado de aplicar los principios del nuevo paradigma educativo en todo el proceso de realización de la misma. La cooperación es uno de esos principios, y la hacen extensiva a los espectadores, de una forma que a mí me ha resultado original. Dado que la distribución de “LA EDUCACIÓN PROHIBIDA”, en línea con la filosofía que transmite, será libre y gratuita, una de las fuentes de financiación será el Crowdfunding, o lo que es lo mismo, la financiación colectiva por parte de las personas interesadas en ver la película.

            Si consideráis, como yo, que esta película ha de ver la luz cuanto antes, os animo a que hagáis vuestra contribución. Podéis hacerlo a través de una donación mínima de 2 euros y automáticamente os convertiréis en coproductores del documental, con vuestro lugar en los títulos de crédito y todo. Sería algo así como pagar la entrada por adelantado de una película que sabéis que os gustará ver y que deseáis que los demás vean. El valor de esa entrada lo tenéis que determinar cada uno de vosotros. Como podéis imaginaros, yo ya he hecho mi contribución.

            Para una información más detallada del proyecto, lo mejor es que visitéis su web y os mantengáis puntualmente informados de las novedades a través de facebook. Os dejo a continuación dos avances de lo que será “LA EDUCACIÓN PROHIBIDA”… muy pronto, espero, en nuestras pantallas. 

            Feliz fin de semana.
          
 



 
 

viernes, 19 de agosto de 2011

OTRAS HISTORIAS: El valor de lo diferente


            Lo queramos o no, vivimos en un mundo lleno de matices y contrastes. La diferencia es una constante en nuestro entorno natural, por lo que nada es igual a ninguna otra cosa, salvo que sea replicada de forma artificial. Ni siquiera dos gemelos monocigóticos son idénticos entre sí. Habitamos en un planeta donde cada ser humano, cada animal, cada planta y cada mineral son únicos e irrepetibles.

            Ante esta evidencia caben al menos dos actitudes posibles en nuestras relaciones interpersonales: disfrutar de la diversidad o padecerla. En ambos casos se trata de una decisión personal que nos llevará a experimentar realidades opuestas. Al aceptar que todos somos diferentes, que la naturaleza es y seguirá siendo así, y que no podemos hacer nada para cambiarlo, estaremos en disposición de abrirnos al otro y de entablar una relación de intercambio donde ambas partes saldrán ganando. Si rechazamos la diversidad, nos esforzaremos en que los demás sean lo más parecido a un clon de nosotros mismos, que piensen y actúen como nosotros, en la idea de que nuestra forma de pensar y de actuar es la correcta. Dado que esta pretensión va en sentido contrario al heterogéneo mundo natural, necesitaremos invertir mucho esfuerzo en tratar de lograr nuestro cometido, a través de estrategias que pueden ir desde  la sutileza de la persuasión hasta la violencia del sometimiento, pasando por la evangelización, el adoctrinamiento o la manipulación. Desde esta perspectiva no hay intercambio sino imposición, y por lo tanto sólo gana una de las partes, y sólo en la medida en la que ve cumplido su deseo de cambiar al otro.

            En un mundo fraccionado en 243 países, donde conviven 11.000 etnias que se comunican en más de 6000 lenguas diferentes, parece una locura pretender que todos pensemos de la misma manera. La diversidad es la riqueza que nos permite crecer como individuos y como sociedad.

             Tenemos derecho a ser únicos. Los demás (quienes quiera que sean), también gozan del mismo derecho. No es necesario que estemos de acuerdo con alguien que tiene una visión de las cosas totalmente distinta de la nuestra, basta con respetar su opción. Lo que cada uno escoge pensar, sentir y hacer en la vida, influye directamente en la calidad de sus experiencias. ¿Quiénes somos nosotros para impedir que cada uno elija el camino que considere más adecuado? De igual modo, no necesitamos que los demás piensen como nosotros, sólo necesitamos que nos respeten, que acepten nuestra manera diferente de contemplar la misma realidad convertida en nuestra realidad, la que escogemos ver, la que decidimos experimentar.

            Aún en el hipotético caso de que fuese posible moldear a los demás, bienintencionadamente, para que se transformasen en lo que nosotros consideramos que es lo mejor para ellos, nunca nos sentiríamos satisfechos. La satisfacción personal no es el producto de alinear a los demás con nuestra limitada concepción del mundo, sino el resultado de alinearnos a nosotros mismos con los objetivos que deseamos alcanzar.

            Creo que sí hay un aspecto en el que todos los seres humanos somos iguales, la búsqueda de la felicidad. Esa felicidad no depende de lo que hagan los demás. Depende de aceptar que somos libres de ser como somos, de ser lo que queramos ser. Depende de vivir cada día nuestros propios sueños y de permitir que los demás vivan los suyos.
            
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            Hoy os dejo el videoclip de un proyecto musical basado en la diversidad. Aunque no os guste el género Hip-Hop no dejéis de disfrutar del resultado de esta amalgama de lenguas, razas y estilos que logra transmitir, más allá de las palabras, el verdadero valor de lo diferente.

            Feliz fin de semana.  

viernes, 12 de agosto de 2011

OTRAS HISTORIAS: Nuestra vida sin nosotros.


                En esta época que nos ha tocado vivir, son tantos y tan diferentes los estímulos con los que somos bombardeados a diario que, salvo que reservemos de forma voluntaria un espacio y un tiempo para nosotros, lo más probable es que nos perdamos en un intrincado laberinto de ruido, imágenes e información del que es muy difícil escapar. Tratamos de estar al día con todo lo que nos rodea (noticias, cotilleos, moda, artículos de consumo, teleseries, videojuegos, el muro de facebook, el sistema operativo, la canción del verano…) mientras descuidamos la actualización del elemento más importante de nuestra vida, nosotros mismos. Llegada cierta edad, marcada básicamente por el conformismo con lo alcanzado hasta ese momento, empezamos a vivir en modo automático. Con el estancamiento llega la rutina, la insatisfacción y el vacío. Perdidos en el laberinto, trataremos de llenar ese vacío con alguno de los atractivos productos que están a nuestro alcance, viviendo, sin apenas percatarnos, una vida sin pasión, sin ilusión, sin sueños. Una vida sin nosotros.

            Tomar de nuevo las riendas de nuestra vida implica en primer lugar, no me cansaré de decirlo, asumir la responsabilidad de la situación en la que nos encontramos. Ya no es momento de buscar culpables, ni de justificar una actitud victimista porque “el mundo me ha hecho así”, ni de esperar que otros den el paso primero. Si no estamos satisfechos con nuestra vida podemos y debemos hacer algo para cambiarla, y sólo está en nuestras manos llevarlo a cabo. Podemos buscar consejo, inspiración, guía o ayuda profesional pero, a la hora de pasar a la acción, las decisiones las tomamos nosotros. 

            Si no tenemos energía suficiente para afrontar cada amanecer como una nueva oportunidad de disfrutar de la vida es que no estamos dedicando nuestro tiempo a lo que realmente deseamos. Probablemente nos hayamos empeñado durante años en lograr una meta marcada por algún otro convencidos de que, al alcanzar el objetivo, obtendríamos el reconocimiento y el amor de esa persona. O quizás nos hayan hecho creer que somos un fracaso y nos hayamos conformado con cualquier oportunidad que se presentase. O incluso puede que estemos viviendo una vida a la contra de lo que otros esperaban de nosotros. En cualquiera de los casos, no estamos viviendo nuestra vida, no hemos decidido hacia dónde queremos dirigirnos, y como resultado, nos sumimos en la apatía.

            Sé que da miedo enfrentarse a la gran pregunta, pero es un paso inevitable, aunque no definitivo, todo puede cambiar por el camino si así lo deseas. Tú marcas la ruta, tú decides los tiempos. La pregunta aparecerá ante ti en cuanto apagues el modo automático y te pongas al timón: “¿Qué es lo que da sentido a mi vida?” La respuesta no te llegará desde el ruido del laberinto, sino desde el silencio interior. Recupera los sueños que dejaste en el camino porque querías convertirte en un adulto con los pies en la tierra, recuerda qué cosas te hacían disfrutar tanto que perdías la noción del tiempo, desempolva el talento que nadie supo valorar y sobre todo, tómate la vida como un juego. ¡Diviértete!

            Sólo una cosa puede darle sentido a esta extraordinaria experiencia de vivir: Ser feliz. 



            Para ilustrar el espíritu de este artículo no se me ocurre mejor muestra que el vídeo de una conferencia que se ha propagado viralmente por internet. Tanto es así que muy probablemente la mayoría ya lo hayáis visto. Aún así os pediría que volvierais a visionarlo y os dejéis contagiar por la pasión y la energía que derrocha su protagonista, Emilio Duró. Un hombre que habiendo llegado a la cima del éxito (según los parámetros convencionales) con tan sólo 28 años, un día se dio cuenta de que su posición privilegiada no le reportaba, como le habían hecho creer, un mayor grado de felicidad, más bien al contrario. Tomó la valiente y, para algunos, loca decisión, de abandonar la élite empresarial para dedicarse a impartir talleres y conferencias sobre optimismo e ilusión por la vida. Disfrutadlo.

            FELIZ fin de semana.      






viernes, 5 de agosto de 2011

OTRAS HISTORIAS: Cambiando el rumbo


            A lo largo de los años me he preguntado en muchas ocasiones qué es lo que me estaba impidiendo disfrutar de un mayor grado de satisfacción con mi vida. Porque incluso en esas épocas en las que todo parecía ir como la seda y gozaba de cierta estabilidad en áreas tan importantes como la sentimental, la social o la laboral, experimentaba lo que sólo puedo definir como decepción. La pregunta que acompañaba a este sentimiento solía ser algo así como “¿esto es todo?”. Durante mucho tiempo pensé que tenía un problema de insatisfacción crónica porque cuando observaba a mi alrededor, las apariencias indicaban que, excepto yo, todo el mundo se sentía a gusto con la persona que era y con la vida que tenía. Y, efectivamente, yo tenía un problema pero, como he podido comprobar en repetidas ocasiones, los demás no eran tan felices como aparentaban ser.

            Dicen los expertos que hasta los siete años somos como esponjas absorbiendo todos los estímulos que nos llegan del exterior. Entre esos estímulos se encuentran las creencias de nuestros padres o de los cuidadores que sustituyan su función, es decir, las ideas que esos adultos de referencia tienen acerca de todo lo que compone el mundo y la vida dentro y fuera de él. Creer es, según la RAE,  tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado. Cuando somos niños no hemos desarrollado aún la sana actitud crítica que nos permita sopesar, analizar, contrastar, meditar o comprobar que lo que creen nuestros padres sea verdad para nosotros. Eso no es un problema, es nuestra naturaleza. El problema surge cuando llegamos a adultos y seguimos dando por ciertas las creencias de otros sin pararnos a cuestionarlas.

            FritzPerls, el creador de la Terapia Gestalt, catalogó esta actitud como uno de los mecanismos de defensa de nuestra neurosis, la introyección. Estableció un paralelismo entre la absorción de ideas provenientes del exterior y la digestión. Cuando comemos, introducimos el alimento en nuestro organismo en pequeñas porciones que podamos masticar para facilitar su digestión en el estómago y posterior asimilación en los intestinos, desechando todo aquello que no nos sirve. La introyección es tragarnos las ideas de otros sin masticarlas, digerirlas, asimilarlas y sin poder desechar lo inservible. Como resultado de ello, vivimos la vida en un estado de indigestión permanente, portando una imagen de nosotros mismos y del mundo con la que no nos sentimos cómodos, preguntándonos quiénes somos y qué queremos mientras esperamos que el exterior, los demás, nos respondan.

            Una actitud crítica y responsable, de adulto, nos va a permitir detener ese mecanismo neurótico que sigue condicionándonos en el presente frente a las verdades de otros y que son el origen de muchos los miedos que nos impiden ser quienes realmente queremos ser. El siguiente paso sería revisar todas las creencias que hemos tragado en el pasado para empezar a desechar el lastre que nos impide volar hacia nuestros sueños.

            En cierto modo me siento agradecido por  la insatisfacción y el vacío que me han acompañado como una sombra porque, aunque me ha costado casi cuatro décadas entenderlo, eran dos sentimientos que trataban de decirme que no me conformara, que otra vida era posible.

            Conozco a personas que se sienten verdaderamente satisfechas con su vida, se les reconoce porque irradian alegría y vitalidad. Conozco a personas que, como yo, sienten que falta algo en su vida, que no encajan en el mundo que nos han contado y buscan respuestas incansablemente. Y por último, conozco a personas que trabajan con denodado esfuerzo para encajar como sea en la sociedad en la que viven, tan pendientes de cumplir las expectativas de otros (de padres, jefes, hijos, amigos, etc.) que no les queda tiempo para dedicarse unos minutos al día y reflexionar acerca de quién determina el rumbo de su vida. Yo he decidido, desde hace meses, variar el rumbo de la mía.

            ¿Será la crisis de los cuarenta?

            Hoy os presento un documental realizado por Dolors Martorell, Daniel Hernández y Pablo Usón, titulado “Una realidad paralela”. Conoceréis a cinco personas, como vosotros, como yo, que cuando el sentimiento de insatisfacción y de vacío se les hizo insoportable, tomaron la decisión de emprender una nueva vida. La causalidad quiso que se encontraran en el camino para unir sus esfuerzos en un proyecto común. Os animo a que, más allá de lo que os parezca el trabajo que realizan sus protagonistas, dejéis que resuenen en vuestro corazón las palabras con las que se expresan y la serenidad que transmiten. Agradezco a mi amiga Susana Brey, haberme hecho llegar este inspirador trabajo audiovisual.

            Feliz fin de semana a tod@s.



 
Una Realidad Paralela from Nayadel D.T. on Vimeo.

viernes, 29 de julio de 2011

OTRAS HISTORIAS: La estrategia del miedo.



            En la década de los cincuenta, un psiquiatra llamado Ewen Cameron, llevó a cabo varios experimentos con electroshock con la intención de borrar la mente de sus pacientes y llenarla de un nuevo contenido. La C.I.A. tomó nota de esos experimentos para elaborar un manual llamado “Interrogatorios de contrainteligencia Kubark”. La tesis fundamental que se sostenía en este manual era que una persona expuesta a un shock sufría una regresión en su personalidad que la convertía en un sujeto vulnerable a la sugestión y la obediencia.

            Milton Friedman, premio Nobel de economía y el más importante defensor de las teorías del libre mercado del siglo XX, también tomó nota de los efectos del shock en la población, en su caso con el fin de posibilitar la implantación de la política económica laissez faire, que caracteriza las tesis neoliberales. Sus primeros experimentos a gran escala se probaron en Chile, durante la dictadura militar de Pinochet, y en Argentina bajo la dictadura de Videla. En el ambiente represor y atemorizante de un gobierno militar totalitario no fue difícil implantar las propuestas más extremas del capitalismo, lo complicado era encontrar el modo de hacer lo mismo en los países democráticos ya que, medidas tan impopulares y lesivas para gran parte de la población, pondrían en serio riesgo la gobernabilidad de cualquier estado.

            Fue en Gran Bretaña, de la mano de Margaret Thatcher, donde se aprovechó por primera vez el shock de una guerra, la de las Malvinas, para abrir las puertas a la corriente más salvaje del capitalismo por parte de un gobierno parlamentario. A partir de entonces quedó probada la conveniencia de las crisis, (bélicas, económicas, desastres naturales, etc.) para provocar en los ciudadanos el necesario estado de conmoción que les obligue a bajar la guardia ante las políticas abusivas de sus gobernantes. El libre mercado ha ido ganando terreno desde entonces a base de privatizaciones, desregulación de los mercados y recortes en los derechos del trabajador entre otras medidas.

            Como sociedad vivimos bajo el imperio del miedo regresionados a una etapa cuasi infantil en la que nos dejamos manipular por aquellos que se nos presentan como defensores de nuestros intereses. Apenas nos damos cuenta de lo mucho que hemos perdido, y seguimos perdiendo, en materia de libertades y derechos, mientras que una minoría está rentabilizando una crisis que ellos mismos han creado.

            Hoy os presento a Naomi Klein, una periodista especializada en los efectos de la globalización, autora de “No logo” y “La doctrina del Shock”. Este último libro da título también al documental que comparto hoy con tod@s vosotr@s, dirigido por Michael Winterbottom y Mat Whitecross, y que nos desvela la ideología subyacente y el desarrollo cronológico de lo que la autora denomina el capitalismo del desastre.

            Feliz fin de semana.




viernes, 22 de julio de 2011

OTRAS HISTORIAS: Trabajando por el cambio


            Supongo que es algo que habréis comprobado en más de una ocasión, siempre que, en el transcurso de una conversación, surge el tema de la necesidad de cambiar la forma en la que nos organizamos en sociedad para hacer del mundo un lugar más justo y solidario, hay alguien que demuestra estar infectado por la asquerosis múltiple de la que habla Joan Melé en “Dinero y Conciencia”. Su boca se tuerce en un gesto de desprecio ante lo que considera una ingenuidad, cuando no pura ignorancia. Esa persona tiende a sentirse en posesión de datos más que suficientes para creer que ninguna iniciativa, que unos simples ciudadanos puedan llevar a cabo, tendrá una repercusión global y duradera antes de ser fagocitados por alguna de las ingeniosas fórmulas del todopoderoso sistema capitalista. La resignación parece ser la actitud más cabal, el precio a pagar por las demás supuestas bondades con las que la sociedad que conocemos nos obsequia.

            Pues bien, hay muchas personas que no están de acuerdo con esa visión derrotista del mundo, y a través de múltiples iniciativas particulares, tratan de aportar diariamente su grano de arena en la construcción de una sociedad donde el respeto al ser humano y a la naturaleza prime sobre los intereses económicos. Hablo de hombres y mujeres que viven en nuestra misma ciudad, que son vecinos de nuestro pueblo, y que de una forma comprometida y silenciosa están llevando a cabo, a pesar de las dificultades, proyectos de agricultura ecológica, de economía solidaria, de integración socio-laboral de personas excluidas y de cooperativas de consumo y de crédito, entre otros. 

            Es cierto que el capitalismo trata constantemente de satisfacer cualquier nueva necesidad que la población demande. Es el caso de los productos ecológicos. La agricultura y ganadería ecológica se caracterizan por el respeto a la salud de los seres humanos, de los animales y del medioambiente, por lo que evita el uso de productos químicos de síntesis y respeta los ciclos naturales de cultivo y de cría. Hay sin embargo una característica más que solemos pasar por alto, toda actividad económica de carácter ecológico ha de apoyarse en el comercio justo. En los últimos años hemos sido testigos de un incremento de la gama de productos ecológicos en las estanterías de cualquier hipermercado, y aunque es un paso importante motivado por la demanda creciente de los consumidores, las grandes superficies no han cambiado su política de pagar el menor precio posible al productor para obtener el máximo margen de beneficio. Esto ahoga económicamente a las familias de agricultores y ganaderos, además de dificultar la expansión de este tipo de producción alimentaria. Si queremos apoyar los productos ecológicos, hemos de pensar también en las personas que los producen y optar por cauces alternativos de comercio justo como las cooperativas de consumo o la compra directa al productor a través de la Web.

            Hoy quiero compartir con vosotros el documental “Cuéntame otro mundo”, dirigido por Susana Ortega Díaz, miembro de REAS (Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria). En él podréis descubrir algunos ejemplos de esas personas que están trabajando por cambiar la forma en la que nos relacionamos económica y socialmente. Hombres y mujeres que aúnan la transformación personal con la cooperación y la interrelación como motor de proyectos económicos solidarios. Todo cambio requiere un esfuerzo, confío en que los ejemplos que veremos a continuación nos ayuden a asumir el nuestro. 

            ¿Qué mundo os gustaría contar a vuestros nietos?

            Feliz fin de semana.


viernes, 15 de julio de 2011

OTRAS HISTORIAS: Una visión holística del mundo.


            El aforismo ecologista “pensar en global, actuar en local” me parece más acertado cuanto más amplio sea el rango de elementos que incluyamos en el concepto “global” y más concreto el que definamos como “local”. Gandhi lo expresó de forma magistral invitándonos a ser nosotros mismos el cambio que queremos ver en el mundo, estableciendo una relación directa entre lo que nosotros somos y lo que el mundo nos devuelve. 

            Desde una perspectiva mecanicista, la repercusión de nuestros actos es muy limitada, por lo que muchos se dejan abatir por la impotencia de creer que no está en nuestras manos cambiar las cosas. Curiosamente desde este mismo prisma, que percibe el  mundo como un mecanismo, existen algunas piezas clave que sí tienen la capacidad de cambiar el funcionamiento de todo. Se llaman políticos, jueces, financieros, líderes religiosos… Al otorgarles consciente o inconscientemente nuestro poder, nos desprendemos también de nuestra responsabilidad, situándonos de este modo en una posición de víctimas inocentes del sistema.

            Desde una perspectiva holística del mundo, a la que apuntaba Gandhi, el todo es más que la suma de sus partes, por lo que cada creencia, cada sentimiento y cada uno de nuestros actos tiene mucha más influencia de la que somos capaces de imaginar. No vivimos en una máquina de dimensiones planetarias, sino en un organismo vivo del que todos formamos parte y con el que interactuamos para co-crear lo que denominamos realidad. 

            Luchar contra el sistema es perder nuestra fuerza enfrentándonos los unos contra los otros. Para que algo no prospere, basta con no otorgarle nuestro apoyo. La alternativa para una transformación profunda y duradera es tomar conciencia del poder que tenemos como individuos y convertirnos en agentes del cambio, contribuyendo a crear un mundo nuevo en el que nuestra relación con los demás y con la naturaleza sea el reflejo de una relación sana con nosotros mismos. 

            Hoy os presento un video de Annie Leonard, titulado “La historia de las cosas”. Seguramente muchos de vosotros ya lo conoce, aun así os animo a visionarlo de nuevo. Alejarnos un poco de nuestra pequeña porción de la realidad para tomar perspectiva, puede ayudarnos a reflexionar mejor acerca del papel fundamental que desempeñamos como individuos en cada una de las fases de eso que Annie denomina economía de materiales. De nada nos servirá mirar para otro lado buscando culpables para convertirlos en objeto de nuestras quejas mientras sigamos contribuyendo fielmente con el sistema a través de nuestros actos cotidianos.

            Feliz fin de semana.
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