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martes, 17 de abril de 2012

EL BUSCADOR


Fuente: http://www.fotosguapas.net

             Cuentan que había una vez un viejo ermitaño que vivía felizmente en el interior de una cueva sin más pertenencias que una túnica sucia y una escudilla. Era venerado por algunos debido a su sencillez y sabiduría, y despreciado por otros por loco y menesteroso.

            Un día llegó hasta él un hombre procedente de lejanas tierras que afirmaba haber invertido toda su vida en una infructuosa búsqueda de la felicidad. Había acumulado riquezas, experimentado los más exquisitos placeres, recorrido el mundo por tierra y por mar, conocido a maestros, gurús, curanderos y charlatanes, practicado toda clase de técnicas ancestrales y probado las más variadas pócimas y brebajes. En un último y desesperado intento, había donado todas sus posesiones a los más necesitados, y a pesar de todo ello, nunca halló la ansiada felicidad. Viejo y abatido, esperaba ya, con resignación, la visita de la dama oscura cuando alguien le habló del ermitaño feliz. El insaciable buscador pensó que le daba igual morir sentado que caminando, así que paso a paso, jornada tras jornada, invirtió las pocas fuerzas que aún le quedaban en arribar a aquella cueva en la que, supuestamente, moraba un hombre feliz.

            El ermitaño escuchó con interés la historia que le contó el extranjero y sin perder la sonrisa, sentenció:

             —Aún no has acallado todos tus apegos.
           
            —¿Mis apegos? ¿Acaso no has escuchado mi historia? —se dolió el hombre—. Me he desprendido de todo lo que poseía. ¿Qué más puedo hacer?

            —Verás, hace mucho tiempo, cuando yo era joven, abordé a mi maestro para que me explicara qué era lo que producía la felicidad, cuál era su causa. Él me respondió con una pregunta: ¿Tiene causa el silencio?

            Tras decir esto se quedó callado. El extranjero comprendió que el ermitaño le estaba invitando a averiguar la respuesta por sí mismo. Pensó durante largo rato hasta que por fin…

            —No hay nada que cause el silencio, —dijo—, siempre está ahí, accesible en cuanto las causas del ruido cesan.

            —¡Exacto! —Gritó el ermitaño—. Y ahora dime, ¿qué es eso a lo que estás tan apegado, que su ruido no te deja escuchar la felicidad que mora en ti?

            Cuentan que cuando la muerte llegó a aquella lejana cueva, perdió el rastro del abnegado buscador al que trataba de dar alcance. Allí se topó con dos hombres sonrientes que contemplaban en silencio la puesta de sol, pero ninguno de ellos estaba buscando absolutamente nada.


martes, 19 de julio de 2011

UN HOMBRE LIBRE






El prisionero número 65044 fue sacado a culatazos del barracón por dos soldados, para ser llevado en presencia del comandante del campo. Cruzaron el patio por el que deambulaban decenas de cuerpos sin alma, enfundados en mugrientas bandas claroscuras, hasta llegar a las dependencias del oficial. Los soldados cerraron la puerta del despacho al salir, dejándolos a solas.

– ¿Sabes por qué te he mandado llamar?

–No, señor–. Respondió el prisionero con una sonrisa relajada en sus labios.

–Vengo observándote desde hace semanas…– dijo mientras tamborileaba con sus dedos sobre la funda de cuero de unos prismáticos. –…y hay algo que no alcanzo a comprender.

El oficial se levantó de su escritorio y se situó frente a su interlocutor que permanecía de pie. El prisionero le mantuvo la mirada sin ningún atisbo de tensión en sus facciones.

– ¿De qué se trata, señ…?– un puño enguantado se estrelló contra su boca, derribándole al suelo.

–Se trata de esa puta sonrisa judía con la que desafías a mis hombres a diario–. Se aproximó a la ventana desde la que acostumbraba a observar el patio. – ¡Mírales! Ellos no sonríen. ¿Es que acaso trabajas menos que ellos? ¿Tu ración de comida es mayor? ¿Es más cómoda tu litera?

–No, señor… –Hizo una pausa para limpiarse, con la manga ennegrecida de la chaqueta,  la sangre que le brotaba de los labios. – …me obligan a trabajar doce horas al día, a comer dos raciones de sopa aguada y a compartir las tablas de mi litera con otros quince compañeros de barracón… – El oficial alemán, sin dejar de mirar por la ventana, estiró su mano derecha hasta la funda donde portaba una Luger semiautomática. –…me han separado de mi familia, han confiscado todos mis bienes, me maltratan y me humillan a cada momento, han acotado con alambradas el espacio por el que puedo moverme... –Al soltar el seguro, la pistola emitió un leve chasquido metálico. –…mi propia vida está en sus manos. Y aún así sonrío, porque mientras siga consciente, soy libre de decidir de qué forma me afectan las experiencias que vivo. Eso, por más que lo intenten, señor, nadie me lo puede arrebat...

El eco del disparo se propagó por todo el campo de concentración.

El comandante, observando la pistola que empuñaba, se cuestionó acerca de su propio grado de libertad, y trató de convencerse de que las palabras de aquel judío no le habían afectado en absoluto.




 

miércoles, 23 de febrero de 2011

EL NIÑO QUE NO SABÍA SONREIR





 

Le tocó ser el mayor de cuatro hermanos en un entresuelo de barrio obrero. La extrema juventud de sus padres combinaba la irresponsabilidad con las ganas de diversión, por lo que en muchas ocasiones la salida del trabajo se convertía en el comienzo de una larga noche de fiesta sin pasar por casa. Las resacas traían consigo castigos injustificados. Aprendió como pudo a cuidar de los niños, olvidando que él era uno de ellos. Su semblante acusaba el abandono y la falta de muestras de cariño. Nunca sonreía. Una de tantas noches a solas con sus hermanos, se le ocurrió, como entretenimiento, inventar un cuento donde los protagonistas fuesen ellos. A sus cinco años logró que su pequeño auditorio estallase en carcajadas por las ingeniosas ocurrencias que brotaban de su mente. Aquel hecho determinó su vocación.

Su escaso imaginario pronto se vio enriquecido con algunos cuentos clásicos en ediciones troqueladas, que él adaptaba a su antojo. Después vinieron a echarle una mano Samaniego, Andersen, Perrault, los hermanos Grimm y muchos otros, hasta que fue capaz de recrear mundos propios. Decenas de cuadernos manuscritos recogieron sus relatos fantásticos. Le gustaba escribir, sin duda, pero el papel no le pagaba con sonrisas y decidió convertirse en cuentacuentos. Dedicó su vida a recorrer el mundo sin más equipaje que la creatividad, para llevar al mayor número posible de niños la ilusión a través de un cuento.

De tanto contar fábulas se le gastó la voz. Yo tenía seis años cuando un cáncer de laringe le trajo de nuevo a casa. Así conocí al abuelo de las fotografías. Mientras la enfermedad se lo permitió, continuó escribiendo pequeños relatos que luego yo leía en voz alta. Llegó un día en el que dejó de escribir. Le noté tan apagado y triste que decidí inventar mi primer cuento, y que él fuese el protagonista.  Me daba tanta vergüenza que mis padres pudieran oírme, que se lo susurré al oído. No tengo claro si a mi abuelo le gustó mi historia, si trató de dar un final feliz a su vida, o si una cosa llevó a la otra. Lo cierto es que exhaló su último aliento a través de una amplia sonrisa.

Aquel hecho determinó mi vocación.



domingo, 23 de enero de 2011

EL VIEJO







            Sentado sobre una silla de madera con base de esparto raído y oscuro, junto a la pared, solía encontrarme a mi abuelo. Hombre y silla eran un solo mueble, y como tal, ignorado por los adultos reunidos en aquella cocina. No sé qué fue primero, si el aislamiento o la locura, pero lo cierto es que el viejo, como solía llamarlo mi padre, se desconectó de un mundo donde ya sólo era un estorbo. Llenaba las horas con susurros ininteligibles y aspavientos en el aire. 

            No siempre fue así. Hubo un tiempo, siendo yo un mocoso, en el que el abuelo Pedro me miraba a los ojos sonriendo, me obsequiaba con carantoñas y piropos, y me hablaba de la guerra mientras me hacía trotar sobre su única pierna sana. “Fue la metralla” me decía, cuando le preguntaba sobre aquella pernera de su pantalón que, sujeta con un imperdible, ocultaba lo que para mí era todo un misterio. Dos muletas apoyadas en un rincón lo escoltaban allá donde estuviese. 

            Lo que no mutiló la guerra lo hizo la soledad. El abuelo dejó de levantarse de la cama salvo para ir al baño. El golpeteo amortiguado de las muletas en el terrazo del pasillo llegó a ser la única prueba de que el viejo seguía vivo. Creo que los adultos dejaron de oírlo.

            Años después estaba ayudando a mi padre a arreglar una persiana cuando sonó el teléfono. Apenas pronunció un par de palabras antes de colgar. Su semblante era serio. Se quedó un instante mirando al suelo. “El viejo ha muerto”, dijo, y continuó con su trabajo. 



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