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Cuentan que había una vez un viejo ermitaño que vivía felizmente en el interior
de una cueva sin más pertenencias que una túnica sucia y una escudilla. Era
venerado por algunos debido a su sencillez y sabiduría, y despreciado por otros
por loco y menesteroso.
Un día llegó hasta él un hombre procedente de lejanas tierras que afirmaba
haber invertido toda su vida en una infructuosa búsqueda de la felicidad. Había
acumulado riquezas, experimentado los más exquisitos placeres, recorrido el
mundo por tierra y por mar, conocido a maestros, gurús, curanderos y
charlatanes, practicado toda clase de técnicas ancestrales y probado las más
variadas pócimas y brebajes. En un último y desesperado intento, había donado
todas sus posesiones a los más necesitados, y a pesar de todo ello, nunca halló
la ansiada felicidad. Viejo y abatido, esperaba ya, con resignación, la visita
de la dama oscura cuando alguien le habló del ermitaño feliz. El insaciable
buscador pensó que le daba igual morir sentado que caminando, así que paso a
paso, jornada tras jornada, invirtió las pocas fuerzas que aún le quedaban en
arribar a aquella cueva en la que, supuestamente, moraba un hombre feliz.
El ermitaño escuchó con interés la historia que le contó el extranjero y sin
perder la sonrisa, sentenció:
—Aún no has acallado todos tus apegos.
—¿Mis apegos? ¿Acaso no has escuchado mi historia? —se dolió el hombre—. Me he
desprendido de todo lo que poseía. ¿Qué más puedo hacer?
—Verás, hace mucho tiempo, cuando yo era joven, abordé a mi maestro para que me
explicara qué era lo que producía la felicidad, cuál era su causa. Él me
respondió con una pregunta: ¿Tiene causa el silencio?
Tras decir esto se quedó callado. El extranjero comprendió que el ermitaño le
estaba invitando a averiguar la respuesta por sí mismo. Pensó durante largo
rato hasta que por fin…
—No hay nada que cause el silencio, —dijo—, siempre está ahí, accesible en
cuanto las causas del ruido cesan.
—¡Exacto! —Gritó el ermitaño—. Y ahora dime, ¿qué es eso a lo que estás tan
apegado, que su ruido no te deja escuchar la felicidad que mora en ti?
Cuentan que cuando la muerte llegó a aquella lejana cueva, perdió el rastro del
abnegado buscador al que trataba de dar alcance. Allí se topó con dos hombres
sonrientes que contemplaban en silencio la puesta de sol, pero ninguno de ellos
estaba buscando absolutamente nada.



